sábado, 20 de noviembre de 2010

Cloak and dagger


El mundo ya me da igual. Perdí toda noción de lo correcto y lo incorrecto. No sé si será que mantengo los estándares muy altos o muy bajos. Tal vez sea que vivo bajo un código de honor olvidado hace mucho tiempo.


Otra vez pisé en falso y fui preso de mis propias reglas de enfrentamiento. La gente tiene razón, soy yo el que decide hacer omisión de sus consejos. Entre filosofías de bar y chistes de pasillo pensé estar en camino, pero no podía estar más perdido.


Vaso va, vaso viene. Dos jarras de cerveza fueron completamente aniquiladas, no hubo cuartel y no se tomaron prisioneros. Ya estábamos socialmente lubricados, por decirlo de alguna forma. No quedaban asperezas ni inhibiciones, más sueltos que jauría desaforada. Pasó el tiempo, avanzó la charla. Entre bochinche y humo, el mensaje parecía claro.


Para alguien que se considera perceptivo, no poder ver lo que se tiene enfrente de las narices es como un golpe debajo del cinturón. Así fue que sucedió, con siseos de gran volumen, la serpiente engañó a Eva para morder la manzana, pero a diferencia del Génesis, ésta vez Adán se quedó solo. Ojo, no les voy a mentir. Adán es más fuerte de lo que parece, pero más débil de lo que creen. Pero esto no quita que se enoje y se sienta frustrado. No juzguen con tanta soltura, es difícil ser Adán. Sobre todo si piensa que el mejor lugar para estar en este momento es debajo de una roca en el desierto más recóndito del planeta.


Vendrán tiempos mejores, con días despejados y un cálido Sol que caliente la Tierra. Es el tesoro de los pobres, la esperanza de un mundo mejor. Mientras tanto tengo muchos agujeros que emparchar en mi bote. Se acerca el tiempo de lustrar la capa y afilar la daga, porque esto recién empieza.

martes, 16 de noviembre de 2010

Una mañana cualquiera

Abro los ojos y es un nuevo día. Me acerco a la ventana y corro la cortina, el Sol inunda la habitación. Sentado en la computadora reviso los mails, abro el Messenger y pongo algo de música. Miro la hora, es algo temprano para encender un cigarrillo pero lo hago igual. Nada nuevo en la red y sin embargo un mar de posibilidades se abre ante mi como un abanico. Rápidamente hago una lista mental de los quehaceres diarios y estoy seguro que al finalizar el día por uno u otro motivo no voy a completar la lista, pero no me importa.


Escucho de fondo cantar a Frank Sinatra, algo nuevo en mis gustos musicales, me pongo melancólico y me asomo al ventanal, lo abro y aspiro una bocanada de aire fresco, la dejo inundar mis pulmones. Acto seguido me siento en uno de los sillones de plástico que adornan mi patio. El cigarrillo a medio fumar me pide que lo bese y cumplo con sus órdenes y ahí sucede, entre volutas imperfectas de humo, me pongo a pensar que hay tantas cosas que no sé y no me animo a preguntar. Es el temor lo que me inhibe. El terror conjunto entre la pregunta, la posible respuesta y la reacción del receptor.


Algunas canciones más tarde, suena el celular. Reconozco el característico sonido de la llegada de un mensaje de texto, emocionado lo leo, pero el mensaje es de una empresa que me avisa que gané un viaje a Timbuktu. Sin darle muchas vueltas lo borro, seguramente es una estafa del más alto nivel. Me paso la mano por la cara debido a la frustración del mensaje, la barba a medio crecer agrega una cosa más a la lista de quehaceres.


Me pongo a inspeccionar la habitación, parecería como si buscara algo, pero en el fondo tengo bien en claro que eso que no se deja encontrar no es para nada tangible. Es la confusión interna lo que me molesta, se siente como una picazón en el fondo de la cabeza. Antes de analizarla la dejo erosionarme un poco, hasta que se deja plantear. Como buen matemático amateur utilizo la lógica para darme maña, pero estoy seguro que ésta vez ni la navaja de Occam me puede salvar.


Ante la falta de respuesta me propongo a volcar la tormenta de ideas en un papel. Minutos más tarde no tengo nada más para plasmar, paso a leer lo escrito. Sonrío al ver que está escrito de forma que haría convulsionar a Borges, pero en ese momento la redacción no es lo más importante, me sorprendo con el mensaje. Siento como si fuera un texto escrito por otra persona, sin pensarlo destruyo el papel porque en las manos equivocadas traería más problemas que soluciones. Me alejo de mi asiento, dejo el papel hecho un bollo sobre la mesa y me pregunto: ¿Quién me mandó a mí a ser como soy? Me engaño al prometerme hablar algún día y vuelvo a reír por la falsedad de mi juramento. Pero bueno, basta que ya no es tan temprano y hay mucho por hacer.


domingo, 14 de noviembre de 2010

Relámpagos de alcohol


No es cuántas veces paraste para pensar en ella, sino cuántas veces pensaste en ella porque paraste. La realidad es lo que es y bien podrían golpearte con una Biblia en la frente para despertarte. Sin embargo te decís a vos mismo: seguí corriendo, seguí moviéndote. Seamos sinceros, es el truco más viejo del libro, ocupar la mente para perder la noción del tiempo y escaparte de la realidad. Hay muchas formas de hacerlo, cada uno elige la que le conviene.


Por más que me haga el duro, no se puede resistir tanta incoherencia. Todos los días la misma cantinela, en cada sonrisa y en cada mirada ahí me oculto a plena vista.


Se agita la bandera blanca, pero nadie da descanso. No es de ‘macho’ pedir una tregua. Pero por favor, estoy pidiendo un tiempo muerto, necesito instrucciones, porque ya no sé qué pieza mover. Con gran facilidad se tergiversan las cosas, se malinterpretan los mensajes. No se entiende, no es claro. Simplemente un gran mareo y no hay voluntad para gritarles en la cara. Se derraman lágrimas, tal vez en vano o tal vez no, pero no se habla y se vuelve confuso. Repartiendo culpas se trata de seguir, ésta vez fui yo, esa vez fuiste vos.


Pinceladas gastadas que no dan con el lienzo y una obra de arte que queda sin terminar. Como un ángel que no puedo volar, la inutilidad al no saber que hacer hace que la cruz sea más difícil de llevar y aunque le doy vueltas y vueltas no encuentro la solución. Sigo en este tren al que me subí y ahora no puedo bajar. Continua la lucha constante entre lo que no sé y lo que no quiero averiguar. Pero es demasiado tarde y te das cuenta cuando te levantás un día y agarrándote la cabeza preguntás ‘¡Dios mío! ¿Qué hice?’.